Breve historia de la Masacre de Ponce y patrones represivos del FBI en Puerto Rico

Por Roberto Ortiz Feliciano /20 de marzo de 2011  ortizfeliciano.blogspot.com

 

Dedicado a todos esos inmensos puertorriqueños, hombres, mujeres y niños, que ofrendaron con esplendor y amor sus vidas, esperanzas e ilusiones a nuestras islas y nuestra gente. Muy en especial a las generaciones de nacionalistas que con su valor y sacrificio han mantenido viva la llama de futuro de nuestro pueblo. Han sido el faro que nos ha guiado en esta larga y tenebrosa tormenta.

La nación de Puerto Rico, compuesta de esclavos africanos, indígenas y españoles, con su propia cultura, se formó durante 400 años de colonialismo español. La isla tenía más de un millón de habitantes. La mayoría vivía de la pesca y la agricultura en pequeños poblados.
El pueblo puertorriqueño ha luchado contra la opresión por muchos años. Los indígenas taínos lucharon desde el principio contra el genocidio que casi los extermina y los hizo huir al monte. Los esclavos se rebelaron numerosas veces. En 1868, se proclamó la República de Puerto Rico en el famoso levantamiento contra los españoles conocido como el Grito de Lares.
Desde los primeros días de la república, la clase dominante de Estados Unidos codiciaba a Puerto Rico, y por más que decía que se oponía al colonialismo invadió para conquistar la isla. Ya antes del 25 de julio había tomado la decisión de apoderarse de Puerto Rico como “indemnización por la guerra con España”. El senador Perkins dijo que era un “botín de guerra”.
Cuando en París se firmó un tratado entre Estados Unidos y España el 10 de diciembre de 1898, y Estados Unidos tomó control de Puerto Rico, Guam y Filipinas, no fueron invitados los representantes de esos pueblos. Y cuando se arrió la bandera española en el palacio de La Fortaleza de San Juan, la reemplazó la bandera americana. Pronto estalló resistencia armada contra los nuevos colonizadores, silenciada tras cuatro años.
Decían que el pueblo puertorriqueño necesitaba “protección” e “instrucción”; que era un “pueblo mezclado” carente de “civilización”; que algún día sería “apto” para gobernarse. Además de racismo, eran pretextos coloniales.
Tras un bombardeo naval prolongado de San Juan y el desembarco de las tropas invasoras llegaron los capitalistas para ver cómo exprimirle ganancias al pueblo. Se fueron apoderando de las mejores tierras y desplazando a la clase terrateniente. Muchos campesinos perdieron su conuco y tuvieron que trabajar en las nuevas plantaciones como asalariados o agregados, por $1 al día, en extrema pobreza y hambre.
La economía servía a los intereses de Estados Unidos en el mercado mundial. Ya no se cultivaba para el consumo nacional, sino para la exportación, y había que comprar productos fabricados en Estados Unidos. La Gran Depresión de 1929 arruinó la economía azucarera, y causó mucha pobreza y sufrimiento.
La opresión engendró resistencia y surgió un nuevo movimiento independentista radical. En 1930, Pedro Albizu Campos subió a la dirección del Partido Nacionalista. Inspirado por la lucha de Irlanda contra Inglaterra, Albizu Campos dirigió a sus seguidores por un camino audaz y militante de resistencia.
El 11 de mayo de 1930 se lleva a cabo la asamblea general del Partido Nacionalista en el Ateneo Puertorriqueño. El juramento tomado al final de la asamblea da una idea de la nueva orientación que habrá de imprimirle su recién electo presidente, Pedro Albizu Campos: “Juramos aquí solemnemente que defenderemos el ideal nacionalista y que sacrificaremos nuestra hacienda y nuestra vida, si fuera preciso, por la independencia de nuestra patria”.
El programa aprobado en dicha asamblea es uno de carácter netamente nacionalista y antiimperialista. Todo ello concorde con la serie de artículos que sobre el problema económico de Puerto Rico escribiría el prócer nacionalista en el periódico El Nacionalista y donde expresa lo siguiente:
“La nación no puede existir sin la posesión de toda su riqueza material. La agricultura, la industria, el comercio, las comunicaciones, franquicias y toda forma de riqueza tiene que estar en manos nativas para poder asegurar la vida de la nacionalidad. Las compañías de seguros, las instituciones bancarias, y todo organismo dedicado a la movilización de la riqueza, forzoso es que pertenezca a intereses nacionales.
Si para adquirir independencia económica dentro del coloniaje, hay que imponer la independencia política, por las armas si fuera necesario, cuando la nación goza de su plena soberanía, para garantizar su existencia como Estado independiente, tiene que nacionalizar su riqueza y no permitir que elemento extranjeros se adueñen de ella.”
El poeta revolucionario Juan Antonio Corretjer lo describió como un movimiento que “mezclaba nacionalismo, misticismo y fervor revolucionario”.
En 1934 se dio un giro importante. A principios de enero, en Fajardo, miles de jíbaros (campesinos desplazados) del cañaveral de la compañía Armstrong se lanzaron a la huelga y los siguieron otros trabajadores. Hartos de su dirección vendida, buscaron la dirección de Albizu Campos, es llamado por los obreros de la caña para que les represente con motivo de la huelga contra los grandes intereses de las compañías azucareras norteamericanas. El Partido Nacionalista les dio todo su apoyo, y el movimiento que forjaron estremeció la isla.
Albizu Campos y los nacionalistas adquieren una enorme popularidad. Miles acuden a escuchar el verbo vibrante de Albizu. La labor organizativa para el logro de poner en jaque al sistema colonial comienza a cobrar impulso. Las autoridades coloniales se aterraron ante el fantasma de un movimiento revolucionario popular. Los jefes de las compañías estadounidenses formaron el “Comité de Mil Ciudadanos para Conservar la Paz y el Orden”, que le comunicó al presidente Roosevelt por telégrafo que: “Existe estado de anarquía. Ciudades sitiadas, policía impotente, negocios paralizados”. El general Blanton Winship, ascendido a gobernador, recibió órdenes de reprimir la rebelión. Su principal asesor, el tristemente célebre coronel Francis Riggs, tomó las riendas de la policía. Riggs llega desde Nicaragua donde fue parte central del plan de asesinato de Sandino.
El gobierno se propuso calmar el movimiento y militarizó a la policía.
De 1933 a 1937, ocurrieron varios actos de violencia en la Isla, los cuales marcaron dramáticamente la historia política del pueblo puertorriqueño. Ocurrió la toma del Capitolio, la Masacre de Río Piedras, el asesinato del Coronel Riggs, jefe de la Policía, los asesinatos de Hiram Rosado y Elías Beauchamp, los arrestos del alto liderato nacionalista, el juicio a Albizu Campos y la Masacre de Ponce, entre otros.
En octubre de 1935, la policía mató a tres nacionalistas a la entrada de la Universidad de Puerto Rico.
Albizu Campos concurre a despedir el duelo de los nacionalistas. Sus palabras revelan con mediana claridad su compromiso: “La escuela del heroísmo conminará eternamente a la escuela de la fuerza y la aplastará…Juremos que cuando llegue el momento sabremos morir como héroes, porque el heroísmo es la única salvación que tienen tanto los individuos como las naciones”(El Mundo, 25 de octubre de 1935).
El año de 1936 comenzó con violencia, como había terminado el 1935, cuando el 26 de enero, en Utuado, resultó herido en un intercambio de disparos con dos agentes de la Policía el joven nacionalista Luis Baldoni Martínez. Los agentes también resultaron heridos. Fue Baldoni quien, cinco años antes, aproximadamente en diciembre de 1931, le hizo llegar a Albizu el original de la carta en la que el doctor Rhoads confesó los asesinatos que había cometido durante sus experimentos en Puerto Rico. (Favor ver nota breve relacionada Dr. Rhoads en los comentarios.)
En una carta fechada el 15 de enero de 1936, dirigida a John Edgar Hoover, director vitalicio del Negociado Federal de Investigación (FBI) del Departamento de Justicia de Estados Unidos, el entonces fiscal federal del Tribunal de Distrito de Estados Unidos en Puerto Rico, Cecil Snyder, solicitó con carácter de urgencia que un agente del FBI fuese enviado inmediatamente a Puerto Rico con la encomienda de realizar una “investigación encubierta” de las actividades de “un grupo político” conocido por “Partido Nacionalista”.
El que Snyder logró transmitirle su alarma a Hoover lo demuestra el hecho de que el siguiente 29 de enero, tan sólo dos semanas depués de Snyder escribir su carta, Hoover ordenó realizar un “estudio general” del movimiento nacionalista en Puerto Rico. Así se desprende de una carta del 8 de febrero del ’36 donde un agente no identificado le informa a Hoover que la investigación ya había sido realizada y que la preparación del informe tomaría tres días más “debido a lo extenso del mismo”.
Debo hacer un aparte necesario:
Surgimiento del FBI y el papel federal en la represión del movimiento independentista de Puerto Rico.
El FBI en estos momentos es una agencia nueva que se desarrolla a partir de la Unidad de investigaciones de robos bancarios del Depto. de Justicia Federal que ha cobrado notoriedad bajo el mando de Hoover por la muerte de un reputado delincuente llamado Dillinger. La historia luego revela que Dillinger realmente no era el delincuente sanguineo que habian publicitado y que dicha fama creada y su subsiguiente muerte fueron planes de Hoover para adquirir importancia en el gobierno federal y renombre personal.
Ante el temor (‘Red scare’) del gobierno de Washington del comunismo internacional que se ha propagado notablemente en los Estados Unidos especialmente entre el movimiento sindical, el gobierno federal crea el FBI con un presupuesto ampliamente generoso, personalidad casi independiente del Depto. de Justicia y dando poderes extraordinarios a Hoover. Hoover une a su agencia sectores de inteligencia militar lo cual le da acceso al ‘Security Index’ (listado de personas sospechosas para el gobierno federal) que sirve de base a las famosas carpetas y luego sirve de listado de arrestados durante la ola de arrestos ilegales tras la Revuelta Nacionalista de 1950.
Esto es confirmado por las viejas investigaciones de la Comisión de Derechos Civiles, el estudio del Dr. David Helfeld para el Comité de Derechos Civiles a finales de la década del 50 y publicado en 1964 por la Revista del Colegio de Abogados.
Hoover escoge a Puerto Rico como laboratorio de sus estrategias represivas. Muestra de esto es que las dos primeras ‘carpetas’ del FBI son las de Pedro Albizu Campos y la de Luis Muñoz Marín para esos momentos abiertamente independentista y que de hecho habia apoyado a Albizu Campos y el Partido Nacionalista durante la campaña electoral de 1932.
El 2 de noviembre de ese año 1932 el Partido Nacionalista recibe cinco mil y pico de votos y unos quince mil para Albizu Campos. No debemos olvidar, sin embargo, que el Partido Liberal capitaneado por Barceló, con un programa netamente independentista como plataforma, logra obtener un total de 170168 votos en dichas elecciones.
Ello da una muestra de la verdadera fuerza de los independentistas en Puerto Rico en los treinta, fenómeno que evoluciona hasta el triunfo posterior del nuevo Partido Popular Democrático de Muñoz Marín además integrado por Ramos Antonini y Concepción Gracia, abogados de Albizu Campos, y otros independentistas y simpatizantes reconocidos de los nacionalistas, de hecho el Partido Popular gana siendo un partido independentista.
Evidencia de este rol del FBI en Puerto Rico desde los comienzos de los 30 se evidencian cuando se dan a conocer los infames informes del COINTELPRO el programa del FBI de lucha contra los movimientos subersivos (Black Panthers, Indios, Partido Comunista, etc., además de los movimientos independentistas de Puerto Rico), y que se revelan en el estudio sobre el Programa COINTELPRO en Puerto Rico que hicieron la profesora Carmen Gautier Mayoral y Teresa Blanco Stahl, que se publicó originalmente en 1979 y se reprodujo en el libro de “Las Carpetas”, de Ramón Bosque Pérez y Javier Colón Morera.
Hemos hecho este aparte para ubicar siquiera mínimamente la perspectiva ilegal, clave y nefasta del FBI en la represión de los independentistas y en especial de los nacionalistas.
Volvamos al proceso que desemboca en la Masacre de Ponce: El agente indica que la investigación fue conducida de modo “muy discreto” y que no encontraron pruebas de “violaciones de estatutos federales en vigor”, sino sólo “rumores” (“hearsay”/ prueba de referencia de casi nulo valor evidenciario).
El resumen termina con la siguiente advertencia: “Es la creencia general que se intentará una revolución para las elecciones de noviembre de 1936.” Según se desprende del citado expediente, Hoover recibió dos informes de la oficina de San Juan. El primero, fechado el 19 de febrero de 1936, consta de 21 páginas y cubre el período del 3 al 10 de febrero del ’36. El segundo cubre del 10 al 20 de febrero , consta de 29 páginas y está fechado el 26 de febrero.
Hoover se ocupó de manejar personalmente la persecución de Albizu. El agente Tamm le dijo a Hoover: “Le dije al señor McMahon que usted está manejando personalmente este caso…”
Al ser entrevistado por el FBI, tal cual él mismo lo había solicitado, Snyder dice el informe, “no pudo proveer hecho alguno ni información alguna mediante los cuales fuera posible obtener los hechos necesarios para probar [su] alegación.”
Snyder le aseguró al agente del FBI que lo entrevistó que “de tener alguna prueba admisible, no vacilaría en instituir procesos criminales contra Pedro Albizu Campos”, lo que demuestra que carecía de fundamento legal alguno para acusarlo.
El 23 de febrero de 1936 dos jóvenes nacionalistas, Hiram Rosado y Elías Beauchamp, ejecutan al coronel Riggs en respuesta a la Masacre de Río Piedras. Llevados al cuartel de la policía de la calle San Francisco de San Juan son allí acribillados a balazos por la policía, que alega defensa propia. Ante la tumba de los héroes puertorriqueños pronunciará Albizu Campos uno de sus más memorables discursos:
“El valor más permanente en el hombre es el valor. El valor es la suprema virtud del hombre y se cultiva como se cultiva toda virtud y se puede perder como se pierde toda virtud. El valor en el individuo es un supremo bien. De nada vale al hombre estar lleno de sabiduría y de vitalidad física si le falta el valor. De nada vale un pueblo estar lleno de vitalidad, y de sabiduría si le falta el valor. Porque el valor es lo único que permite la transmutación del hombre para fines superiores.”
En este momento Albizu Campos y el movimiento nacionalista es ya demasiado peligroso. Llegaron en secreto equipos de agentes del FBI para neutralizar al movimiento.
El 5 de marzo de 1936, el gobierno de Estados Unidos expidió órdenes de arresto contra Albizu y otros altos líderes del Partido Nacionalista bajo acusaciones de conspirar para derrocar el gobierno. Los acusaron de conspiración sediciosa, unos delitos que existen desde los tiempos del segundo presidente de los Estados Unidos John Adams que los crea para tratar de detener la popularidad de Thomas Jefferson a quien Adams acusaba de ser agente de los franceses. Los delitos nunca se pusieron en uso hasta el 1936 en Puerto Rico pero no habian sido derogados.
El primer juicio (solo en inglés) terminó en una victoria para los independentistas: siete jurados puertorriqueños de un total de 12 jurados decidieron no condenarlos.
Es evidente que el Departamento de Justicia consideraba que estaba muy flojo su caso contra los líderes nacionalistas, tal cual resultó ser la apreciación del panel de jurados. Es evidente, además, que el Departamento de Justicia tenía el firme propósito de obtener un veredicto de culpabilidad a toda costa y escogió un nuevo jurado de diez norteamericanos y dos puertorriqueños. En su selección participa directamente el gobernador colonial Winship conjuntamente con el fiscal federal Cecil Snyder.
Evidencia del juicio maniatado es que la mañana del 21 de julio del ’36, Hoover le envía un breve memorando al agente Tamm en el cual le dice que McMahon le había dicho que había hablado por teléfono con el fiscal Snyder y que este le había dicho que la situación estaba “tranquila, pero tensa”, que iría a un nuevo juicio inmediatamente y que ahora tenía un nuevo panel de jurados que a él, a Snyder, “le gustaba mucho”.
El famoso pintor norteamericano Rockwell Kent tuvo conocimiento propio del hecho de que el fiscal Snyder manipuló la selección de los miembros del segundo jurado de modo de garantizarse un fallo en contra de los acusados. En una carta fechada el 21 de mayo de 1939 dirigida al senador Henry F. Ashhurst, presidente de la Comisión de lo Jurídico del Senado norteamericano, Kent le dijo que durante una fiesta en La Fortaleza, residencia oficial del Gobernador, Snyder le mostró a él y a un amigo mutuo un papel en el que tenía la lista de los que habrían de componer el nuevo panel de jurados.
Igualmente, todos estos manejos turbios se revelan luego en la investigación congresional dirigida por el congresista de ascendencia italiana Vito Marcantanio, quien acusó en el hemiciclo de la Cámara a Winship de ser un tirano y un corrupto lo cual conlleva su posterior despido aunque el rol del FBI no es criticada.
Esta vez sí logran la convicción. Esta vez, condenaron a Albizu Campos, a Corretjer y a un grupo del liderato nacionalista. El 31 de julio de 1936 Albizu Campos y los suyos son sentenciados a largas cadenas de cárcel en la prisión federal de Atlanta, Georgia. Poco antes de su traslado a la penitenciaría sureña, y mientras permanecen recluidos en la cárcel La Princesa, se perpetra el acto final de la represión colonialista.
La masacre de Ponce: “Viva la república. Abajo los asesinos”.
Escrito en un muro de Ponce por un nacionalista antes de morir, 21 de marzo de 1937.
Fue el Domingo de Ramos de 1937. La Junta Municipal del Partido Nacionalista de Ponce había pedido permiso para celebrar una manifestación en solidaridad con los presos políticos. A última hora se revoca el permiso concedido por el alcalde. Los nacionalistas deciden seguir adelante con su actividad.
Veamos como los sucesos surgen de un plan orquestado desde La Fortaleza por Blanton Winship: El 19 de marzo de 1937, en el periódico “El Mundo”, los nacionalistas anunciaron el programa de los actos del Desfile de los Cadetes de la República que se llevaría a cabo el domingo 21 en el pueblo de Ponce. Parte del texto del anuncio es el siguiente: “2 p.m. Concentración de las Divisiones del Ejercito Libertador del Distrito de Ponce y pueblos adyacentes, que desfilarán por las calles principales de Ponce”. Los nacionalistas anuncian la actividad confiados en que la misma ya estaba aprobada por las autoridades municipales de Ponce. El primer puertorriqueño nombrado Jefe de la Policía Insular de Puerto Rico, el Coronel Enrique de Orbeta, se trasladó a Ponce el mismo día 19. Una vez allí, le ordenó al Capitán Felipe Blanco, Jefe de la Policía del Distrito de Ponce, que detuviera el desfile porque iba a ser una parada militar. Lo cierto es que el elemento militar de la actividad era totalmente simbólico, los Cadetes de la República, la organización de la juventud del Partido Nacionalista en sus marchas se uniformaban y portaban representaciones de fusiles en madera, esto de era de conocimiento general. De hecho si algunos sabían lo que de verdad es una unidad militar eran Winship, que era general, y Orbeta que fue nombrado Jefe de la Policía por haber sido un heroe condecorado de la guerra. Esta experiencia combinada y conocimiento de lo militar crean una presunción fuerte de que si algo estos dos señores sabían extremadamente bien lo que estaban decidiendo y haciendo. Cuánto de lo sucedido fue resultado de planes diseñados y ejecutados es, sin dudas, materia de debate pero, por ejemplo, el elemento de desconocimiento táctico o el grado de improvisación no parecen ser parte de las fuerzas que estuvieron en función.
La noche del 19, el gobernador de Puerto Rico, Blanton Winship, sostuvo una reunión con el Coronel Orbeta en la que catalogaron la parada como de índole militar y, por lo tanto, un acto ilegal. Desde 1917, en Puerto Rico existía una ley que indicaba: “La organización, instrucción o formación de cualquier fuerza armada o la tentativa de organizar una fuerza armada, excepto las fuerzas regulares de los Estados Unidos o las milicias otorgadas por ley, se declaran un delito menos grave castigado con multa que no exceda de quinientos dólares o prisión no más de seis meses o ambas penas”.
Previo a la actividad representantes del Partido Nacionalista trataban en vano de que pudiesen celebrar su actividad sin problemas. En la declaración del Capitán Blanco en el juicio que se celebró sobre los sucesos del Domingo de Ramos, éste testificó que se reunió con Plinio Graciani, líder nacionalista, el día 20 a eso de las dos de la tarde para notificarle que habría policías armados con carabinas y sub-ametralladoras destacados el domingo en el área donde se iba a celebrar la parada nacionalista. Después de la reunión, Blanco ordenó traer refuerzos de su distrito, el cual se componía de diez pueblos.
El Capitán Blanco también tenía que comunicarse con el alcalde de Ponce, José Tormos Diego, para que el alcalde intentara convencer a los nacionalistas de que cambiaran el texto del anuncio que habían publicado en el periódico “El Mundo” cambiándole las palabras que describían la parada, según la interpretación del Coronel Orbeta, como una actividad militar. El alcalde no estuvo en Ponce durante todo el día. Cuando regresó al pueblo esa noche del 20 de marzo, Tormos Diego recibió en su casa a los líderes nacionalistas Plinio Graciani y Lorenzo Piñero, Secretario Interino del Partido Nacionalista. El alcalde promete darles el permiso para llevar a cabo la parada porque la considera de carácter civil y así consta en el documento en que concede el permiso. Se compromete a entregarles el permiso el domingo por la mañana en la Casa Alcaldía.
Luego de la entrevista con el alcalde, Lorenzo Piñero y Plinio Graciani regresaron al área del desfile y vieron al Coronel Orbeta y al Capitán Blanco cerca de la Escuela de Enfermería localizada frente al local de la Junta Nacionalista en la calle Aurora. Les pidieron una reunión y el Coronel Orbeta accedió a verlos en el Cuartel de la Policía. Allí sostienen una conversación que dura casi una hora. Durante la misma, Orbeta les dijo que la parada no se podía dar tal y como se había anunciado, porque constituía una violación a las leyes insulares y federales, ya que se trataba de una actividad militar. Los nacionalistas le aseguraron a Orbeta que no habría desórdenes. Dijeron también que la parada era de carácter civil y que tenían derecho a celebrarla porque no había ninguna ordenanza municipal que prohibiera este tipo de actividad. Orbeta les dice que tiene órdenes superiores de no permitir la parada.
A las tres de la tarde y en cumplimiento con las órdenes del Coronel Orbeta, los policías habían ocupado sus lugares en las calles que rodeaban el local de la Junta Nacionalista. Había tres grupos. Todos estaban armados con rifles, carabinas, sub-ametralladoras Thompson, gases lacrimógenos y sus armas de reglamento.
Después de la reunión con el Coronel Orbeta en el Cuartel de la Policía de la calle Molina, el liderato nacionalista compuesto por Lorenzo Piñero, Julio Pinto Gandia, Castro Quesada y Plinio Graciano regresan a la Junta Nacionalista y, una vez entran allí, deciden seguir adelante con el desfile. Los jóvenes militantes nacionalistas, los Cadetes, desafiaron la orden del gobernador. Unos 80 militantes orgullosos, con camisa negra y pantalones blancos, se fueron formando por la calle Marina. Detrás de ellos iba un contingente femenino con uniforme blanco, seguido por un conjunto musical que tocaba La borinqueña, el himno puertorriqueño. La multitud los aplaudía.
La policía, bajo las órdenes del coronel Orbeta y siguiendo instrucciones del gobernador Winship, se aposta al frente de la manifestación, compuesta por unas cien personas entre hombres, mujeres y niños.
Conforme a lo programado, los nacionalistas deciden marchar al terminar de tocarse el himno nacional.
Hagamos un recuento de los hechos: Alrededor de las 3:15, los Cadetes formaron fila de tres en fondo, listos para dar comienzo al desfile. Detrás de ellos estaba el Cuerpo de Enfermeras con uniformes blancos. Tras el Cuerpo de Enfermeras, la banda, que consistía de sólo cuatro músicos. Los Cadetes y las enfermeras se cuadraron militarmente cuando la banda comenzó a tocar La Borinqueña.
Veamos ahora la relación de posiciones entre la Policía, los Cadetes, las enfermeras y el público. La calle Marina corre de norte a sur. Primero la atraviesa la calle Luna y, un poco más arriba, la calle Aurora. En esta esquina –en la esquina de las calles Marina y Aurora- estaba el local de la Junta Nacionalista. Entonces viene la calle Jobos. Un grupo de policías se alineó en el lado este de la calle Marina, entre Luna y Aurora. En las inmediaciones de la calle Aurora, a corta distancia de Marina, estaba un nutrido grupo de policías, listo para entrar en acción. En la parte oeste de la calle Marina, frente al local de la Junta Nacionalista, ocupó posiciones otro grupo policíaco. Todos estaban armados con rifles, bombas lacrimógenas, carabinas, etc. Los Cadetes estaban parados en atención, en el lado sur de la calle Aurora.
Detrás de los nacionalistas había otro grupo de policías, armados con sub-ametralladoras Thompson. Testigos oculares y fotografías han probado que los nacionalistas estaban totalmente arriconados y atrapados –y además desarmados.
De repente, al frente y atrás los bloquearon pelotones de policías fuertemente armados con ametralladoras. El oficial de policía Armando Martínez corrió de la esquina delante de la Junta Nacionalista hacia la calle Marina, dispara una vez al aire. El jefe Pérez Segarra dio la orden de disparar a los policías armados con gases lacrimógenos, revólveres, rifles y ametralladoras que estaban formados detrás del grupo de Cadetes. Los manifestantes no se movieron y todos los policías abrieron fuego. La policía enloqueció. Descargas cerradas cayeron desde todos los lados sobre los Cadetes y el público en general. Durante unos diez minutos fueron sometidos a un fuego cruzado. Mataron indiscriminadamente y después remataron a balazos y garrotazos.
Cuando la última descarga hubo producido su efecto, 21 personas quedaron muertas sobre el pavimento. En apenas media hora como doscientos heridos. Murieron dos mujeres; una señora a quien también le mataron al marido ese día y una jovencita de catorce años que venía de la iglesia ese Domingo de Ramos. La niña se llamaba Georgina Maldonado. Un mensajero que trabajaba en la alcaldía testificó que estando en la acera de la Clínica Dr. Pila: “…vi a un policía que remataba con su revolver a una niñita que estaba en el balcón, ya en el suelo…era la más grandecita de las que estaban allí…le descargó el revólver encima.” Murieron tres nacionalistas y tres Cadetes de la República. Otro niño murió en un hospital cercano; algunos quedaron mutilados de por vida.
Seis hombres que se encontraban en los alrededores también fueron abaleados. Uno de ellos era un miembro de la Guardia Nacional que regresaba de hacer ejercicio. Otro estaba cambiando una goma en un garaje cerca del área. También fue asesinado un chofer de carro público que pasaba por la calle Aurora en su automóvil. Un matrimonio ponceño también murió víctima de la policía; ella, a macanazos; él nunca se recuperó de los tiros que recibió ese día y murió algunos meses después. Un comerciante de Mayagüez y uno de sus hijos fueron abaleados mientras estaban parados en la entrada de una zapatería que quedaba al lado de la Junta. Y finalmente, dos policías que murieron por el fuego cruzado de las armas de sus propios compañeros. Escenas del horror de las injusticias y retratos de la masacre:
Bolívar Márquez, un Cadete, cayó mortalmente herido; arrastró su cuerpo hasta la acera y en la pared de una casa escribió con su sangre “Viva la República, Abajo los asesinos”.
Carmen Fernández, de 35 años de edad, vio cuando mataron al abanderado. Al tratar ella de tomar la bandera, recibió una descarga de carabina. Cayó, gravemente herida. Dominga Cruz Becerril, una señora de Mayagüez, cuando vio caer la bandera sobre el pavimento. Salió de su refugio y corrió hacia la bandera, la levantó, la ondeó y luego corrió con ella hacia el Hospital Pila. No resultó herida.
El policía Genaro Lugo no se quedó en el lugar después de que vió el asesinato de una niña. Al alejarse corriendo, vio cómo el pelotón de policías que portaban sub-ametralladoras, comandado por el Jefe Pérez Segarra, disparaba contra el público aterrorizado. Los Rodríguez estaban parados frente a una zapatería, en el lado sur de la calle Jobos. Rafael, de 18 años de edad, acababa de tomar dos fotografías con su pequeña cámara. En los momentos en que se preparaba para tomar otra instantánea, comenzó el tiroteo. Se tiraron al piso para protegerse. Hubo allí una descarga general. Oyó a su hermano decir “Ay” y vio a su padre levantarse inmediatamente para proteger a su hijo. Advirtió que su padre sangraba por la cabeza. Había sido mortalmente herido. Murió en cuestión de segundos. Su hermano también. Rafael mismo fue herido. Dos policías lo recogieron un cuarto de hora después. Lo tiraron como un fardo en un vehículo policíaco. Un hombre joven iba hacia abajo por la calle Jobos. De momento, vio que un policía venía hacia él. El hombre estaba por lo menos a una distancia de 50 pies del centro del tiroteo. Al ver el crimen reflejado en el rostro del policía y que éste venía revolver en mano, gritó “Yo no soy nacionalista, yo soy de la Guardia Nacional. Yo soy…” hasta que la muerte lo silenció para siempre. Era verdaderamente un Guardia Nacional. Esa misma mañana había hecho sus ejercicios en la explanada El Castillo, a unos 100 metros del lugar donde fue asesinado. Se llamaba José Delgado y tenía 20 años. Un caballero de la alta sociedad, don Luis Sánchez Frasqueri vio cómo iban a matar a un hombre y gritó “No lo maten”. Un teniente de la Policía, al reconocer quien era él y no estando dispuesto a que una persona tan respetada testificara en su contra, detuvo a sus hombres. El hombre, que estaba ileso, fue obligado a entrar en un camión de la Policía. Cuando el señor Sánchez Frasqueri volvió a ver a este hombre, estaba todo envuelto en vendajes. El hombre le dijo que la Policía lo había golpeado brutalmente, primero en el camión y luego en el cuartel.
Un vendedor de frutas estaba parado al lado del automóvil del Dr. Sánchez Frasqueri, a más de 75 yardas del local de la Junta Nacionalista. Un policía vio al vendedor, regresó y le abrió la cabeza de un macanazo. Eso también fue parte de la declaración de Sánchez Frasqueri. A esa misma distancia de la Junta Nacionalista vio un cadáver. Su cuerpo estaba lleno de agujeros. En su agonía, el hombre había tratado de escribir la palabra “valor”, pero sólo vivió para escribir val”.
Más tarde el comité investigador dirigido por Arthur Garfield Hays (fundador de la ACLU) diría que en Ponce había habido “una matanza”. La Comisión encontró que los policías rodearon a los Cadetes, encerrándolos por los cuatro lados. Que la policía no dejó lugar para que la multitud se pudiera dispersar. Y, por último, que los Cadetes no portaban armas. El Coronel Orbeta declaró en el juicio sobre los sucesos que se les cerraron todas las avenidas de escape y sólo podían moverse hacia el edificio de La Junta. Ni un solo policía fue acusado por los sucesos. Por el contrario, muchos de ellos fueron ascendidos de rango. Y como colmo de la ignominia de la legislatura colonial premió al autor intelectual y material de la matanza, al gobernador Blanton Winship, designándole “hijo adoptivo de Puerto Rico”. Nunca se hizo justicia ya que los asesinos no sufrieron ningún tipo de prisión ni los familiares de las víctimas recibieron compensación alguna. El general Winship, gobernador norteamericano de Puerto Rico, y quien ordenó directamente la Masacre de Ponce, salió impune y todavía gobernó durante dos años más la isla.
Puerto Rico sigue colonizado y su vida oficial sigue en manos del Congreso de Estados Unidos. Como hemos visto con la muerte de Filiberto Ojeda Rios, igual ha seguido el FBI violando las propias leyes americanas y Constitución en aras de cumplir sus objetivos de desestabilizar cualquier y todo movimiento independentista en la isla.

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