Dependencia y corrección política

Por Francisco A. Catalá

Claridad – Desde la economía clásica del siglo 18 se ha postulado que “la riqueza de los naciones” es función del “saber y hacer” de su gente y no de la dependencia. ¿Cuántas veces se ha repetido esta máxima? El último en repetirla ha sido el mundialmente conocido analista Fareed Zakaria en una visita reciente que hiciera a Puerto Rico para participar en una actividad auspiciada por el Centro para la Nueva Economía (CNE).
Todo el mundo se hace eco al reiterar hasta la saciedad que el problema es la dependencia. Lo que no se dice con la misma firmeza es que el enclave económico que se ha promovido en Puerto Rico – desde el azucarero, el textil y el petroquímico hasta llegar al farmacéutico – no se ha traducido en desarrollo sano. Ningún enclave, ni aquí ni fuera de aquí, genera suficientes empleos. Por esto es que el enclave, la emigración y la dependencia andan juntos. A esto se suma que la permanencia del enclave – en realidad nunca son permanentes – depende de grandes masas de ganancias que son remitidas al exterior. Así, coexiste la “exportación” del excedente con la “importación” de la dependencia.
Mucho menos se confiesa que la dependencia económica y la subordinación política se alimentan mutuamente. Tal parece que semejante confesión violentaría la obligada “corrección política”. Pero es también obligado advertir que entre la “corrección política”, el lucro y la cobardía moral media muy poca distancia.
Sobran los economistas – de aquí y del exterior – que en tono profundo y solemne postulan que el desarrollo es función de la “inserción en la economía global”. Unos plantean el requisito de “entender la nueva ola global”; otros nos remiten a la “reconfiguración global del planeta como punto de partida”. ¡Qué lindo se oye eso! Lo que no se dice es que Puerto Rico no ha estado ni estará vinculado por una sana interdependencia a la economía regional y global mientras insista en permanecer subordinado a uno de sus centros. La interdependencia y la subordinación son fenómenos antitéticos, es decir, como el aceite y el vinagre, no mezclan.
No faltan los que, por un lado, recomiendan “repensar el paradigma de desarrollo” mientras que, por otro lado, sueñan con la restauración de Operación Manos a la Obra como programa de promoción de inversión directa externa. A estos se les olvidan varios hechos. Primero, el extraordinario cambio en el contexto global cuando se contrasta la década de 1950 con la actualidad; segundo, la triste paradoja de que Operación Manos a la Obra sacó más manos del país de las que puso a trabajar; y tercero, la clave estratégica de atraer inversión no es meramente vencer insuficiencias internas sino estructurar un mecanismo para movilizar recursos locales (capital y trabajo), para importar conocimiento y tecnología y para vincularse a las diversas redes de los mercados internacionales. Cuando está ausente dicho uso estratégico cabe la lapidaria advertencia del economista Dani Rodrik: “…subsidiar inversionistas extranjeros es una política estúpida ya que transfiere ingresos de los contribuyentes del país pobre a los accionistas del país rico sin beneficio compensatorio.”
En el pliego de recomendaciones de los que invitan a “repensar” siempre se incluye la estabilidad macroeconómica, remitiéndose ésta a bajos niveles de inflación y a control de gastos gubernamentales. No obstante, la alta tasa de desempleo, la baja tasa de participación laboral, la dinámica de la estructura de precios, la crónica insuficiencia fiscal (más vinculada a la erosión de la base tributaria que al gasto) y el desbalance en la cuenta corriente (provocado por los rendimientos de capital remitidos al exterior) derrotan cualquier reclamo de estabilidad macroeconómica. Súmese a esto la ausencia de una política de ahorro. Priva el endeudamiento, gubernamental y privado, y el vicio consumista.
Cuando se impugna la dependencia suele citarse, con razón, el caso de la pequeña ciudad-estado insular de Singapur que, por voz de Lee Kuan Yew, su primer ministro durante muchos años, rechazó la asistencia social de Gran Bretaña. Lo que no suele citarse es que para esos días (a mediados de la década de 1960) la prensa británica acusó la inviabilidad de la independencia en una pequeña isla como Singapur. A esto Lee Kuan Yew respondió con lo que denominara la “siembra de la esperanza” y la “construcción de una nación”. Hoy, Singapur cuenta con indicadores económico superiores a los de Gran Bretaña. Desafortunadamente, no son pocos los puertorriqueños que, ante el mismo argumento de inviabilidad, responden con desesperanza y hasta llegan al extremo de negar la existencia de su nación. Éste es el mayor impedimento al desarrollo.
Ningún país, ningún estado, ninguna jurisdicción política se ha desarrollado en función de la dependencia, de la emigración de su gente o de la atracción de capital para configurar enclaves económicos. Puerto Rico no es la excepción. Sin embargo, es sobre tal base material que se ha apoyado el falso discurso de “progreso” y “seguridad” del bipartidismo gobernante durante ya demasiados años. En ocasiones, cuando se desnuda la competencia política, se advierte que lo que anima tanto a uno como a otro es el acceso del subordinado a las prestaciones del centro, del gobierno federal de Estados Unidos. Cuando los que ahora impugnan la dependencia logren superar la enmudecedora “corrección política” y se enfrenten al hecho político que la alimenta entonces, quizás, podrán contribuir más efectivamente a vencerla.

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